domingo, 3 de enero de 2016

Bodas de Oro del maestro Raúl Arana con el INAH




Raúl Arana Álvarez es un ejemplo del arqueólogo todoterreno, su andar se ha hecho en las veredas de la inabarcable orografía mexicana y en el caos de asfalto que es la Ciudad de México, en cuyo corazón, una noche de plenilunio, vio despertar de un sueño de 500 años a la diosa Coyolxauhqui.
Este nayarita, el tercero de diez hermanos, tiene 76 años, la misma edad que su casa: el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Esta institución ha sido su mundo desde hace medio siglo. “Me dio todo. Ahí encontré mi vocación; a Carmen, mi esposa; alegrías absolutas en el campo y en las aulas”, dice conmovido.
Apenas el pasado octubre, con un sonoro y dilatado aplauso, sus innumerables amigos, entre colegas y alumnos, dibujaron esa sonrisa amplia y franca tan suya, durante el reconocimiento que el INAH le dio por una trayectoria que lo une con los grandes maestros de la antropología mexicana.
Se recuerda que bajo el pavimento de la vetusta “Ciudad de los Palacios”, otra deidad, colosal en sus dimensiones, aguardaba al arqueólogo. El 23 de febrero de 1978, atendiendo la solicitud de un ingeniero que coordinaba trabajos para la instalación de un generador eléctrico en las céntricas calles de Guatemala y Argentina, el maestro Raúl Arana tuvo uno de los encuentros más mágicos de su carrera.
De espaldas a la desaparecida Librería Robredo, orientado por la luz de la luna llena que coronaba el cielo esa noche de jueves, el arqueólogo asomó su rostro y avistó el monolito de la diosa de la luna Coyolxauhqui:
 “Creo que me transporté en el tiempo y sentí que era una piedra nunca vista desde hacía siglos, que no había sido removida de su lugar, que no formaba parte de un escombro o de un relleno, o que hubiera sido trasladada de su espacio original como le pasó a la Piedra del Sol o a la Coatlicue. Era algo maravilloso. Me pareció que todo fue en un segundo, como una visión.
A la vida de Raúl Arana podría aplicarse la máxima de Confucio que reza: Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ningún día de tu vida, pero las sendas que definen la vocación suelen ser caprichosas. Antes de comenzar su historia en el INAH, ejercía como abogado y en más de una ocasión asistió al desalojo de inquilinos, tarea ingrata y dolorosa a la que nunca se acostumbró.
Pero un buen día de 1963, al cruzar el umbral del viejo Museo Nacional, en la calle Moneda, al cabizbajo abogado le cambió la suerte.
 “Una mujer me entregó varios folletos sobre las profesiones que se impartían en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) e insistió en inscribirme porque era el último día para hacerlo”. Los nombres de un par de profesores: Wigberto Jiménez Moreno y Pablo Martínez del Río, que aparecían en los planes de carrera, decidieron el fallo.
 “Yo pensé que esas personas, varias de ellas autores de libros que leí en la preparatoria cuando vivía en Tepic, estaban muertos. Pero no. Vivían y daban clases en la Escuela de Antropología, alojada en el museo. Toda una generación de grandes maestros que desarrollaron la historia y la antropología en el país”.
La pasión compartida con su esposa por los viajes, las culturas del mundo y las artesanías en general salta a la vista. Como en una galería de curiosidades, sobre las repisas, vitrinas y paredes de su casa, emergen en perfecto orden animales en miniatura, coloridos armadillos y peces, matrioskas, vajillas asiáticas e imágenes de deidades prehispánicas como Coyolxauhqui y Mictlantecuhtli.
Raúl Arana, El señor de Iztapalapa, aparece vivaz en un par de retratos, uno de ellos lo firma el artista Pancho Cárdenas. Con el Cerro de la Estrella y su pirámide del Templo del Fuego Nuevo como telón de fondo, aparece con sombrero y cruzado de brazos en mangas de camisa… la imagen prototípica del arqueólogo, aunque esto —se lamenta— ha ido cambiando, pues “ahora los chicos toman los perfiles estratigráficos con su cámara. No se quieren ensuciar ni que les pegue el sol”.
Para él, “la arqueología es una carrera donde la convivencia con las comunidades es fundamental, y a su vez es fascinante descubrir a través de los restos arqueológicos la comprensión que nuestros antepasados lograron de los distintos ecosistemas y el desarrollo tecnológico que alcanzaron para integrar verdaderas civilizaciones. Es una lucha de superación constante, eso es lo que caracteriza al ser humano de todos los tiempos”.
Los primeros años de ejercicio profesional fueron de efervescencia, comenta Raúl Arana. Las ramas de la antropología experimentaron un auge con el traslado de la ENAH y las colecciones del museo a las nuevas instalaciones en el Bosque de Chapultepec; al mismo tiempo, el desarrollo del país exigía proyectos de infraestructura que el Instituto debía seguir paso a paso para recuperar en la medida de lo posible los vestigios culturales.
A los recorridos de prospección en la región poblana, los cuales representaron su primera incursión en campo, continuaron proyectos de salvamento arqueológico para la construcción de cuatro centrales hidroeléctricas, dos de ellas en Guerrero y un par más en Tabasco. El joven arqueólogo anduvo el cauce del río Balsas y las planicies del Grijalva, reconociendo sitios que después serían inundados en el vaso de las represas.
La modernización del país transformaba el paisaje del campo y de las ciudades, éstas se expandían como los tentáculos de un voraz pulpo de concreto. Para Raúl Arana, una de sus experiencias más formativas la adquirió elaborando estrategias de salvamento arqueológico en la traza de las tres primeras líneas del Metro del Distrito Federal.
En el corazón de la megalópolis, atravesado por un arrítmico gusano naranja,  54 millones de personas cruzan al año la que se considera la zona arqueológica más pequeña de México, la cual pudo ser rescatada gracias a Raúl Arana, con los recursos y los argumentos con que se contaba en los años 60, en tanto faltaba una legislación en la materia que los protegiera totalmente de la destrucción.
En la intersección de la estación Pino Suárez y sobre escasos 80 m², un altar mexica donde alguna vez se adoró a Ehécatl Quetzalcóatl (un dios con la efigie de un mono), se levanta como testimonio de ese pasado que yace aún en las entrañas del monstruo de asfalto.

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