sábado, 16 de julio de 2016

Ofrenda de sahumadores prehispánicos en Cuautitlán


Una ofrenda de alrededor de 30 sahumadores prehispánicos, cuyos mangos policromos rematan con elaboradas representaciones de cabezas de serpiente de fauces abiertas o xiuhcóatl, “la serpiente de fuego”, fue descubierta por arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en el centro histórico del municipio mexiquense de Cuautitlán; el hallazgo guarda semejanza con el registrado en 2009 al pie del Templo Mayor de Tenochtitlan.
Desde abril pasado, un equipo de expertos del INAH da seguimiento a obras públicas que el municipio realiza en la periferia de los parques Juárez y de la Cruz; en los alrededores del primero se ubicó la mayor cantidad de vestigios prehispánicos: entierros con ofrendas, cimientos de lo que probablemente fue un templo y, lo más sobresaliente, la ofrenda de sahumadores.
Francisco Antonio Osorio Dávila y Héctor Pérez García, arqueólogos del Centro INAH Estado de México y quienes coordinan las labores de salvamento, informaron que dichos objetos, descubiertos a mediados de mayo frente al mercado municipal, tuvieron un uso ritual y posteriormente fueron depositados a modo de ofrenda, en hilera y apilados en tres capas. No obstante, es imposible conocer si estuvieron asociados a algún elemento arquitectónico o escultórico específico.
En el mismo espacio donde estuvo la ofrenda de sahumadores —hoy cubierto por la carpeta asfáltica—, el arqueólogo Francisco Osorio detalló que se han contabilizado 27 piezas completas, aunque la cantidad podría llegar a 31 (al igual que los descubiertos en el Templo Mayor),  cuando se unan las que se encontraron fragmentadas. La longitud de los objetos varía entre los 70 y 50 centímetros de largo, lo que se precisará una vez que estén restaurados.



Ignacio Forteza Saavedra, investigador quien dedicó su tesis en arqueología a este contexto de sahumadores, explicó que en las piezas,  a pesar de la tierra que aún recubre los mangos, se observan tonos blanco, rojo, azul y amarillo, tienen calados en forma cruciforme (que aluden a los cuatro rumbos) y un trabajo de pastillaje que decora las cazoletas.
El arqueólogo Osorio Dávila añadió que los mangos son huecos y contienen pequeñas bolas de barro que emiten un sonido de lluvia al voltearlos, asimismo, los asideros rematan, ya sea pintados o modelados en barro, con formas de moños. Las representaciones de xiuhcóatl conservan coloridos tonos y un pastillaje fino alrededor de los ojos, aún más notorio en los colmillos y en la lengua bífida.
Las cazoletas de los sahumadores mantienen restos de tierra que más adelante serán sometidos a análisis de flotación, para identificar algunos materiales que llegaron a verterse en ellos, por ejemplo, copal y algunos restos de fibras vegetales.
Francisco Osorio dijo que la ofrenda de sahumadores y la estructura prehispánica  datan del periodo Posclásico Tardío (1350-1519 d.C.), cuando Cuautitlán se convirtió en tributario de la Triple Alianza y era un lugar estratégico en el comercio que se mantenía con los territorios norteños. Textos del siglo XVI señalan que Cuautitlán era un altépetl (cerro donde nace el agua) tepaneca, nominalmente dependiente de Tlacopan, aunque tenía su propio tlatoani (señor) y dominaba una amplia zona a sus alrededores.
En los Anales de Cuauhtitlan, los cuauhtitlancalques equiparaban su importancia con los otros altépetl del valle de México, decían tener la más añeja raigambre chichimeca en el área y también reivindicaban sus vínculos con la tradición tolteca, lo que les permitió convertirse en uno de los centros políticos más importantes del noroccidente del valle.



Acerca de la estructura arquitectónica (de 15m x 8m, aproximadamente), de la que sólo quedan los cimientos, el arqueólogo refirió que posiblemente correspondieron a un templo de medianas dimensiones; ahí también se recuperaron clavos arquitectónicos y almenas, y se identificó el desplante de un piso de lajas de piedra, así como restos de estuco.
“Los restos que años atrás excavó Luis Córdoba Barradas en la Catedral de Cuautitlán, junto con esta estructura, indicarían la proporción que pudo haber tenido la ciudad prehispánica. Debió ser un centro rector de alrededor de un kilómetro de extensión en cuanto a construcciones”.
Sobre los entierros hallados, Francisco Osorio dijo que el primero –de tipo múltiple– se localizó en un área circundante al Parque Juárez. Estaba constituido por tres cráneos orientados hacia el poniente. Por debajo y detrás de ellos, se hallaron apilados sus huesos largos y, como ofrenda, tres jarras de la fase Azteca II (1200-1400 d.C.) con restos de pintura azul y grandes navajillas prismáticas de obsidiana.
Un par de entierros más se ubicaron a lo largo de la calle Tranquilino Salgado; uno estaba dispuesto hacia el oriente y el otro hacia el norte. Este último fue hallado en posición sedente (sentado) y correspondía al de una mujer joven (de 13 a 15 años); estaba acompañado de dos platos miniatura, dos silbatos y una mascarilla miniatura de Mictlantecuhtli, el dios de la muerte.
El otro entierro era de un individuo cuyo sexo no pudo determinarse porque la osamenta se encontró incompleta; tenía asociados navajillas prismáticas y una figurilla fragmentada tipo “galleta”. Muy cerca, a un metro de distancia, se halló una ofrenda de 16 ollas trípodes tipo Tláloc, pintadas en negro y en rojo. Las dimensiones de estos recipientes oscilan entre los 8 y los 12 cm de altura y muestran de forma burda los característicos “tocados de papel” del dios de la lluvia, modelados en barro.



El arqueólogo Francisco Osorio dijo que los contextos próximos al Parque Juárez ponen en evidencia dos asentamientos culturales importantes. El primero, del periodo Posclásico Temprano (900-1350 d.C.), a través de materiales cerámicos toltecas, lo que confirma los orígenes de los cuauhtitlancalques, así como de la fase Azteca II; y la segunda, del Posclásico Tardío, ejemplificada por la ofrenda de sahumadores y los restos de la estructura arquitectónica.
El salvamento arqueológico en el centro histórico de Cuautitlán continúa en el Parque de la Cruz, frente a la Catedral del municipio, donde se han localizado los restos de ocho individuos, entre hombres y mujeres, que fueron depositados a la usanza cristiana y pudieran corresponder a entierros que se realizaron en el último periodo de la Colonia, alrededor de 1790 y hasta mediados del siglo XIX, es decir, 1850.
Lo anterior se deduce porque existe una distancia considerable con respecto a la catedral y por algunos fragmentos cerámicos que son coloniales tardíos. Además se observan alineamientos de viejos empedrados que servían para conectar áreas del cementerio que alguna vez ocupó el atrio de la iglesia.

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